11 de Setembre ¡El viaje ya está pagado!

—Este buque no tiene cuadernas —fue la sentencia de los ingenieros tras inspeccionar el gigantesca galera que, sobre calzos y puntales, estaba a punto para ser botada en un muelle de las atarazanas.

Cuando la noticia se difundió, los futuros pasajeros se escandalizaron. ¡No era posible! Ellos habían pagado por unas hermosas y robustas cuadernas que, unidas a la quilla, sostendrían la tablazón del casco del buque y le permitirían enfrentarse a todas las tempestades. Y también flotar, por supuesto.

Los armadores, sabedores de que las cuadernas no eran lo único que le faltaba a la galera, pues todos habían estado sisando de aquí y de allá, desde el puente a las bodegas, prometieron una investigación. La hora de zarpar se acercaba.

Todo se aclaró pronto.

Los armadores reunieron a los pasajeros en asamblea semicircular. Bastante más atrás estaban los remeros.

Había muchos más remeros que pasajeros, como es lógico. Ocupaban el fondo de la sala y no parecía importarles lo que allí se decía. En su propio idioma, la lengua brutal de los remeros, bromeaban o peleaban unos con otros por cosas nimias. Algunos, que se decían concienciados, aprovecharon para a tímidas voces pedir bancadas menos duras y remos más cortos. Fueron silenciados al grito de oportunistas.

El presidente de la comisión investigadora tomó la palabra.

—El anterior honorable Capitán se llevó el dinero que le dimos para las cuadernas de roble y las sustituyó por unos decorados de cartón-piedra —explicó.

Un rumor de indignación recorrió la asamblea. Pero no una indignación excesiva, pues los futuros pasajeros eran gente discreta, con mucho sentido común; en el fondo, comprendían al viejo Capitán, aunque no aprobaran su conducta. Los capitanes de todas las galeras robaban lo que podían, según la costumbre aceptada como inevitable. Y, sobre todo, ninguno de los pasajeros conocía la utilidad de las cuadernas en un buque.

—¡Parece mentira! ¡Le regalamos un reloj de oro cuando se jubiló! —exclamó un perplejo representante del futuro pasaje, centrándose en aquello de lo que entendía.

—Pues ya veis —lamentó el Capitán actual. Y se caló la gorra de plato hasta las cejas.

El debate sobre qué hacer se prolongó durante horas. Cuando mayor era la confusión y parecía todo irresoluble como un nudo gordiano, alguien tuvo una idea brillante:

—¡Que el Capitán nos devuelva el reloj de oro!

Y todos, armadores y pasajeros, se felicitaron de ser tan señudos. También se pasmaron del poder sinérgico del cerebro humano cuando se halla enaltecido por una gran idea.

—¿Y no será peligroso viajar en un buque sin cuadernas? —preguntó uno muy feo, con fama de agorero.

—¡Lo que importa no son las cuadernas, sino el viaje! —arengó el nuevo Capitán— Y además: ¡ya hemos pagado todos el billete!

La asamblea de futuros pasajeros estalló en aplausos ante tan aplastante evidencia. Y, en sesión plenaria, decidieron todos embarcarse al día siguiente.

(Continuará)

ÁCRATAS

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