El "efecto VOX"

Aquí luce Abascal su camiseta en la que se jacta de ejercer (o ejercitarse) como español. Porque, desde hace muchos años, las mayúsculas se acentúan.
VOX no sólo es una escisión de la ultraderecha del PP, que lo es, sino que ha tocado fibras populares que, si bien eran de hartazgo común entre las bases fijas de la derecha, jamás pudieron expresarse en público: asuntos como inmigración, violencia de género, toros, vida campesina o autonomías. También se ha encontrado VOX con un aluvión de votantes que no lo han sido nunca del PP: gente harta de que ciertos problemas sean tabú para todos los partidos. Y que, poniéndose una pinza en la nariz, han votado ya a VOX en Andalucía. Son personas corrientes, de la clase trabajadora, como los del Campo de Gibraltar o de El Ejido, por ejemplo, hartos de mafias de la droga y de inmigración ilegal, respectivamente.

Este fenómeno es el mismo que ha producido la eclosión de las extremas derechas en toda Europa, como respuesta a las políticas de exterminio de las nacionalidades, forzada por el Nuevo orden Global de marchamo sionista. En España ha sucedido mucho más tarde que en Francia o Alemania, por ejemplo, donde llevan décadas albergando a las extremas derechas en los parlamentos por idénticas razones. Los españoles hemos sido siempre mucho más tolerantes que otros europeos con las minorías étnicas por razones históricas y porque nunca han sido un problema real, aparte de la etnia gitana, a la que consideramos española y adornamos con su arte flamento y su idiosincrasia revolucionaria anti-sistema para ocultarnos que se dedican fundamentalmente al tráfico de drogas duras y al blanqueo de capitales.

Visto así, con realismo, Vox ha venido para quedarse, una vez superado el «Complejo de Franquismo» que ha padecido el pueblo español durante 40 años. Hoy día, que saquen el cadáver de Franco del Valle de los Caídos y lo entierren cabeza abajo en cualquier cuneta le importa bien poco a la casi totalidad de los españoles, si bien nos parece algo innecesario a la gente de bien, porque lo percibimos como una simple venganza de los partidos perdedores del Guerra Civil, el socialismo, el comunismo y el independentismo, que quieren «derrotar al Nacional-Catolicismo» 80 años después de su propio fracaso debido a su abominable traición a la II República y a sus masacres intestinas.

Pero eso no quita para que sepamos que Vox es la extrema derecha de la que ha estado huérfana, vacunada, España desde 1975. Sus ideas son demoledoras, empezando por la más popular de todas: la supresión de las Autonomías, un largo proceso que empezaría devolviendo al Estado competencias básicas, como seguridad, educación y sanidad. No hay que ser de derechas para estar de acuerdo con eso. Basta con no avergonzarse de ser español, que fue lo habitual durante el franquismo y lo ha seguido siendo los tres cuartos de la historia reciente de monarquía parlamentaria, hasta que nos hemos hecho perdonar por los europeos, o eso pensamos.

Los efectos de la aparición de Vox en el arco político son ya evidentes: Podemos ha sido empujado a codazos a la extrema izquierda, de donde no saldrá ya más, fenómeno que se evidenciará en una pérdida de votos constante como siempre le ha sucedido al comunismo en España. El PSOE es ahora la izquierda civilizada, pero sin veleidades centristas. El PP, la derecha moderada, liberal, práctica, desvergonzada. Y Ciudadanos se ha quedado con el estrecho centro.

De los 350 diputados del Congreso, que es la sede del Poder Político Absolutista, el que decide el Ejecutivo y el Judicial, 100 se los repartirán a partes iguales Podemos y Vox ad aeternum. Y los 250 que quedan serán el verdadero campo de batalla político para conseguir presidencias y sillones del poder. Dentro de una década, las extremas derecha e izquierda adelgazarán hasta los 30 diputados, que es lo que sociológicamente les corresponde, porque nadie quiere ser comunista o gritar «Santiago y cierra España» más que cuando está desesperado.

Ciudadanos no está maduro para ocupar la Presidencia del Gobierno, de manera que participará en gobiernos ora de izquierdas ora de derechas centrándolos en cuanto a políticas, o sea, ejerciendo de bisagra parlamentaria en lugar de los nacionalistas vascos y catalanes, como hasta ahora. De ahí que, por encima del muro del PPSOE, reparta mamporros dialécticos por igual a Podemos y Vox; y reciba lo mismo de independentistas vascos y catalanes. Por eso, el principal efecto de la aparición de Vox es el fin de los independentismos en toda la península por pérdida de su poder en Madrid, que es donde siempre han obtenido su fuerza. De hecho, Vox es la consecuencia inexorable de la patochada catalana de Puigdemont «el Fugitivo» y de Junqueras, el «Cura de Lledoners». Eso no quita para que los nacionalistas pataleen un cierto tiempo más, gracias a la LOREG y a que Ciudadanos va a perder mucho voto en las próximas autonómicas en favor de Vox, al que se pasarán en masa los votantes del PP.

Cualquier ácrata tiene mucho que lamentar por la situación política actual, pero no en cuanto a la aparición de Vox, que debe darnos igual –bien está que cualquier español esté «representado» en cuanto a ideología en el Congreso–, sino porque el Régimen se fortalece con la eclosión de Vox. Mientras no sean personas electas concretas, en lugar de los partidos, quienes nos representen, la democracia no existe. Mientras el pueblo llano no elija al Presidente, tampoco. Tal representación seguirá siendo falsa, tan falsa como decir que te representa Coca-Cola porque la elijas en el supermercado, en lugar de Pepsi. Siempre pagando y tragándote un mejunje que no sabes lo que contiene.
ÁCRATAS

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