ADIÓS A LOS MEJORES ESPAÑOLES

Se nos van los vascos. Lo tengo claro. La acumulación de errores en estos treinta años ha sido excesiva. Y el duelo de legitimidades que introdujo la Constitución de 1978, con la creación y el reconocimiento de los tres poderes, Ejecutivo, Legislativo y Judicial, para el País Vasco, agregados a su autonomía fiscal, tiene al fin sus consecuencias extremas, aunque coherentes. El Lehendakari le juega un órdago a la grande al Estado Español, y lo va a ganar, en cualquier caso (si no ceja en su empeño, que no cejará, que para eso es vasco). ¿Por qué? Pues porque un parlamento legítimamente constituido ha votado una Ley y un Ejecutivo, el que dirige el Lehendakari, la va a llevar a término. Y punto.

¿Qué podemos oponer a eso el resto de los españoles? ¿Nuestra Constitución de goma de mascar? ¿Qué podemos ofrecele a los vascos a cambio de la libertad? Nada. Analicemos tan sólo dos de los mil motivos que los vascos tienen para salir de España por piernas:

1. En España no hay democracia, sino una extensión temporal del franquismo en forma de partitocracia que secuestra la libertad política de los ciudadanos para que la administren los partidos en exclusiva: El Presidente del Gobierno Español domina los tres poderes del Estado que se constituyen en uno, omnímodo e impune; por eso, lo mismo un día negocia con ETA, con la tolerancia de los jueces, que al siguiente la reprime y mete en el mismo saco a los kaleborrokos y a los abertzales, en general, con todo el furibundo rigor de esos mismos magistrados. Por otro lado, la corrupción generalizada, consecuencia de la impunidad del poder, no sólo es onerosa en dinero, sino mucho más en dignidad nacional: Saber que en las administraciones se prevarica y se defrauda a manos llenas, y no poder mover un músculo para evitarlo, no es la mejor manera de sentirse un hombre digno y políticamente realizado.

2. Al parecer, en el País Vasco se tortura. No es una opinión mía, que no tengo ni idea, sino del Comité Contra la Tortura de la ONU, entre otros estamentos y organizaciones. Por eso, cuando un etarra es detenido, su organización, Euskadi Ta Askatasuna, le recomienda que declare rápidamente todo lo que sepa, que no trate de hacerse el héroe. Ya se encargarán sus compañeros, sabedores de que han sido delatados con total seguridad, de poner pies en polvorosa y de buscarse un escondrijo. Si un etarra pudiera simplemente negarse a hablar y no le sucediera nada por ello, ninguno delataría a un compañero ni señalaría dónde se encuentra el zulo donde guardan armas y explosivos. Es algo evidente. No se me ocurre ningún modo de hacer que un etarra delate a sus compañeros que no incluya la tortura. Ni siquiera dejaría de serlo el incomunicar al presunto terrorista e interrogarle continuamente, con periodos de descanso reglamentarios, hasta que confiese, aunque fuera sin tocarle un pelo. Las amenazas irrealizadas son tortura. La violencia verbal es tortura. No hablemos, pues, de los golpes, la extenuación física, la bolsa en la cabeza, la bañera, los electrodos, la ceguera transitoria, las agresiones sexuales, los simulacros de ejecución o el oír gritos de otros detenidos —no digo que tales «métodos» se utilicen en el País Vasco; quien lo asegura es la organización Torturaren Aurkako Taldea, y no me atrevo a discutírselo, porque tengo memoria y aún me acuerdo de las andanzas del GAL, de lo que no hace tanto—. Lo que sí es absolutamente cierto es que el Comité Contra la Tortura de la ONU exige que el Estado español acepte las recomendaciones que recoge el Relator Especial de Naciones Unidas para erradicar los malos tratos a los detenidos, y aboga por que las autoridades españolas «limiten» la incomunicación, que los interrogatorios sean grabados, los controles médicos sean rigurosos y los arrestados puedan ser visitados por un médico de su confianza…

Para un vasco, abertzale o no, ser español, en estos tiempos, no puede ser un orgullo, precisamente. Tened empatía por un momento, amigos lectores: Si tuvierais la posibilidad de enarbolar alguna clase de dignidad nacional como grupo humano distinto del español por razones de lengua, raza o historia; si pudierais salir pitando de este patio de Monipodio que es España, sin sentiros por ello traidores ni otra cosa que liberados, ¿cuánto tardaríais en acudir a votar sí en un referéndum como el que va a plantear Ibarretxe a los vascos?

No hay remedio: Nos quedamos sin los mejores españoles. Y seguramente nos lo merecemos.

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