Carta al Rey

Señor Rey:

Soy un trabajador catalán, vivo en Hospitalet, a lo mejor sabe usted dónde está. Es en el cinturón rojo del área metropolitana de Barcelona. Aquí vivimos gentes sencillas, mayormente castellano parlantes. Y, otra cosa no, pero sabemos perfectamente lo que sucede realmente en Cataluña. No sólo estos días, sino desde hace muchos años.

Primero debo decirle que, aunque me cae usted bien, no soy monárquico. Antes fui demócrata. Como soy mayor, voté afirmativamente la Constitución del 78, como la mayoría de los españoles, catalanes incluidos. Ahora soy español –por nacimiento en el territorio de España, tierra a la que quiero lo más que se puede querer a sus llanuras y sus riscos– y me pienso ácrata. No soy anarquista, no: soy ácrata. Porque me gustaría vivir en un régimen político que yo mismo hubiera concertado junto con el resto de mis compatriotas y nunca he podido.

Sobre la Constitución del 78 no se me permitió opinar, sino sólo refrendarla. Quizás merecidamente, porque soy muy inculto. Pero sí sé leer y escuchar. Me hubiera gustado que hubiera habido un período constituyente durante el cual, debidamente informados, los españoles hubiéramos tenido opinión propia sobre el régimen que más nos convenía: si monárquico o republicano. Si partitocrático o democrático. Si capitalista o socialista. Si unitario o autonomista, etcétera. Que se hubieran puesto en negro sobre blanco una serie de propuestas y haber podido elegir entre ellas. Todos los españoles. A doble vuelta, claro.

Pero no sucedió así: la Constitución la redactaron a puerta cerrada 7 personas, hombres cultos, no lo dudo, pero con sus propios intereses que, presiento, no eran los míos. Y, de pronto, me encontré existiendo en un estado que había definido para el territorio en que vivo un régimen parlamentario dual, estatal y autonómico.

Ese dúo enseguida mostró su primera peculiaridad dinámica: legislaba y legislaba. A veces contradictoriamente. Pero, pensé yo, que siempre he sido un inocentón, que eso sería sólo al principio. Porque veníamos todos de un régimen dictatorial que no había hecho nada. Pero resultó que no, que la dual capacidad de promulgar leyes y reglamentos creció y creció hasta tal punto, que aquí, en Cataluña, es tarea difícil estar dentro de la ley. Al menos completamente. Ahora es absolutamente imposible. Pues hay dos duras leyes que penden sobre mi cabeza ahora mismo que no son sólo contradictorias, sino frontalmente incompatibles.

Yo, téngame por tonto si le parece, creo que España preexiste a sus regímenes políticos, que ha tenido muchos. Creo que existe desde que fue una provincia romana y se llamó Hispania. Y fue luego, Visigoda, y ya se llamó España. Y que, tras 800 años de ocupación musulmana, se reconquistó muy duramente y a retazos, siempre con el objetivo de reconstituirse en la unidad territorial que fue desde que tuvo una cultura unificadora.

Los regímenes políticos de que ha gozado España han sido casi siempre injustos con la gente sencilla, pero eso es otro asunto. Eso no es problema para que me reconozca español. Pienso en castellano y me he criado en una cultura que es la española, que presiento que es distinta a la de otros países de Europa, pero casi idéntica a la catalana.

Bueno, pues le diré ahora lo que está pasando en Cataluña. En Cataluña hace muchos años que se está gestando un estado. No una nación, no, eso es un engaño. Se trata de un estado o Estat, que se dice aquí. No se gestó por mi gusto, créame. Sino por gusto del propio Estado Español que gobierna la nación en la que usted reina. El feto de ese Estat ya hablaba catalán en la barriga de su madre, porque en 1977 ya era burgués. Y aquí los burgueses hablaban catalán. Y no me pareció ni bien ni mal que así fuera. No me dio especiales problemas porque en la clase de trabajos asalariados para los que estaba yo capacitado poco importaba la lengua que se hablase.

El recién nacido Estat Català, entre algodones de regionalismo, ha ido creciendo bien rollizo, alimentado por las enormes tetas del Estado Español. Déjeme decirle, su majestad, que del manantial de esas mismas tetas a mí no me llegaba ni me llega casi nada, a pesar de haberme esforzado en chapurrear el catalán, lengua que mis hijos dominan tanto como su nivel de cultura permite. Y me gusta que se les note que son españoles porque hablan el español sin ese acento con que lo hablan algunos catalanes, que parece que lleven siempre un chupa-chups en la boca. Volviendo al tema: de las tetas del Estat catalán no manaba leche más que para los catalanes de pro, a los que aquí cariñosamente denominamos la Banda del Pinyol.

El Estat creció y se hizo un hombrecito cada vez más fuerte. Y acabé por notar, porque soy inculto, pero no ciego, que nunca habría nada lácteo para mí más allá de lo que me currase a base de mucho sudor. Porque el Estat portaba sobre su chepa a mucha gente a la que le gustaba vivir muy bien y robar mucho dinero. Mientras, el Estado, como una buena madre, seguía alimentando a su Estat. Parecía amarlo sin parar en cuentas de sus pecados. Nadie criticaba la cleptomanía y la corrupción del Estat porque éste iba siendo adornado por toda una serie de cualidades imprácticas y etéreas, tales como lo bien que hablaba la lengua propia de Cataluña, con todas su vocales y todas sus consonantes, y el sentimentalismo. El muchachote tenía muchos vicios, sí, pero era un sentimental.

El Estat tenía otra característica a la que no me atrevo a llamar vicio: pasaba de mí y de mi destino completamente. Y sólo me dirigía la palabra cuando convocaba unas elecciones para su mayor gloria y refuerzo. Sólo entonces, el Estat se dirigía a mí en español. Le reconozco, majestad, que, en esos breves lapsos, me sentía apreciado y llegaba a pensar, incluso, que el muchachote no era tan mala persona como parecía.

Hoy aquel muchacho es un hombretón muy fuerte y se alza como un sólido castell de nueve pisos del que unos 4 millones de personas castellanoparlantes, como yo, somos el folre y las manillas. Si no sabe usted lo que son el folre y las manillas de un castell, que se lo cuente un asesor de los muchos que debe de tener y que sepa algo de Cataluña. Si no lo encuentra, al asesor, dígamelo y se lo explico. Somos 4 millones de piedras y arbotantes del castillo humano que, como yo, nunca hemos protestado por lo que, a todas luces, era y es un abuso ominoso. Pero, como se trata de un gigante sentimental, ha sabido conectar con el corazón de muchas gentes honestas que se han movilizado sin comprender que su magnífico sentimiento iba a convertirse inexorable en un revanchismo ancestral contra su madre de enormes y ubérrimas tetas.

Le resumiré mi experiencia: Jamás me ha dado el Estado Español el menor motivo para pensar que fuera a defender ni uno solo de mis derechos en Cataluña. De hecho, esa ilusión se me pasó hace treinta años. Al contrario, siempre ha vendido mi pellejo al Estat Catalá por unos cuantos votos para investir al presidente de turno del Gobierno de España.

Jamás, hasta la otra noche en que usted, con una energía inesperada, se dirigió a mí personalmente. De verdad creo que me habló personalmente, que no hablaba usted para los políticos. Y me aseguró que no estaba yo solo, que comprendía mi problema y que no iba a abandonarme. Y enseguida me pareció usted una buena persona; y su discurso, bienintencionado. Y me pude ir a dormir casi tranquilo, porque estos días he vivido angustiado al oír a los cachorros del Estat mencionar asuntos como ése de ser «prou catalá» –suficientemente catalán– para ser merecedor del mínimo respeto. Intranquilo porque no sé si puedo ser más catalán de lo que soy, me parece una tarea para la que no estoy cualificado.Y porque sé que la única manera de ser «prou catalá» es fingirme independentista.

No he cambiado de opinión respecto a usted como persona, majestad. Pero,

— tras el mensaje institucional del president Puigdemont, que primero lo vilipendió a usted y luego se dignó dirigirme a mí unas palabras en castellano que yo sabía que eran falsas (no, no se dirigía a los españoles de fuera de Cataluña, sino a nosotros, los de dentro, como cuando hay elecciones);

— y tras la inacción y los errores, imposible de creer casuales, imposible, de Rajoy y su Gobierno, me ha recordado usted mucho a mí mismo cuando estaba ilusionado con la democracia en 1978.

Creo que su majestad ignora algo crucial: que el Gobierno del Estado sobre el que usted reina está en connivencia permanente con el Govern Catalán. Todos los gobiernos han sido cómplices necesarios de los excesos estatalistas de Cataluña. Y esa connivencia es para mí clara en estos momentos también, en estas trágicas circunstancias. No tengo datos concretos que ofrecerle para demostrárselo. Los tiene seguro el CNI (pero usted no controla al CNI, la jefa de los espías es otra traidora a la causa que usted quiere impulsar). Sólo presiento, noto en los huesos de mis humillados lomos de catalán por albur, por imposición constitucional, que el Gobierno de España le va a vender a usted lo mismo que me ha vendido a mí durante 40 años. Sinceramente: Tenga usted cuidado. Rajoy y todo su partido son lo peor, lo más criminal de la casta política española. El PP y el propio Rajoy guardan muchas corrupciones en sus cajas de seguridad y muchos muertos en sus sótanos. Y también los guarda Pujol, el mayor ladrón de l’Estat, junto con cientos de carpetas de revelador contenido sobre muchos aún desconocidos crímenes del PP. Es Pujol, el putrefacto chantajista, el que es garante de la apuesta secesionista catalana actual.

Deseando que no sea su majestad uno más de esos muertos del armario del Estado, me despido no sin agradecer su interés por mi destino. Permítame la licencia: muchas gracias, compañero.

Guárdese su majestad y considero de bien nacido advertirle que tenga preparada una avioneta por si le fuera a resultar sorprendentemente necesaria a usted y a su familia en un momento dado. Haga como yo, Señor, que tengo siempre a punto mi Seat Toledo por si he que salir pitando de aquí en cualquier momento.

LUIS «EL ÁCRATA»
HOSPITALENSE,
EX-OBRERO DE LA CONSTRUCCIÓN

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