El politeísmo como paradigma de civilización

Destrucción a cañonazos de los budas afganos de Bamiyán, en 2001
La noción de un dios único es algo antinatural para un occidental. No para el alienado occidental actual, claro, sino para el heredero de las civilizaciones griega y romana. No olvidemos que la Grecia politeísta creó la democracia y que el colosal imperio romano cayó a causa del monoteísmo impuesto por la Iglesia y tolerado por un Constantino, quien, asqueado, dividió el imperio y se trasladó a regir el de Oriente.

El monoteísmo es una creación de los egipcios, del faraón Akenatón. Vino a decir que no hay más que un solo dios, que es el Sol. La historia dio buena cuenta de Akenatón. Su cartucho real fue borrado de cada piedra en Egipto. De ello se encargaron los sacerdotes de las distintas deidades, apoyados por el politeísta pueblo egipcio, probablemente. La Historia suele vendernos a Akenatón como un visionario que intuyó el advenimiento de Yahweh. En realidad, fue un faraón que tomó todo el poder para sí, despojando de él a los sacerdotes. Le costó caro, se supone que murió envenenado.

Se dice que los esclavizados judíos copiaron el monoteísmo de los egipcios. También copiaron la circuncisión como rito sacrificial sexual a Yahweh, a cambio de su protección como pueblo elegido. Los judíos han evolucionado poco desde entonces. Siguen circuncidando a sus neonatos varones y, sintiéndose el pueblo elegido, se consideran habilitados por Yahweh para hacer y deshacer a su antojo en el planeta. Eso les convierte en una secta político-religiosa de unos 25 millones de personas peligrosa para la Humanidad en su conjunto. Una secta capaz de cualquier crueldad con los no judíos. Lo que es coherente, si se tiene en cuenta cómo se tratan a sí mismos desde el mismo principio de su vida. Los judíos tomaron de Akenaton otra cosa más: la prohibición de representar a Yahweh. Eso, que parece baladí, tiene consecuencias muy importantes, como la falta de habilidad de los judíos para dibujar con realismo, especialmente el cuerpo humano, cuya consecuencia visible es la degeneración actual del arte. Si alguien se asombra por lo que acabo de escribir, que se limite a leer al filósofo Roger Scruton; o al judío Israel Shamir, quien asegura que la torpeza de los artistas judíos para el dibujo erradicó éste como valor artístico a partir de que el negocio fuera tomado por asalto por artistas, marchantes y galeristas hebreos. Sírvanos de consuelo que al publicista judío Charles Saatchi, que tiene la mayor colección de basura artística del mundo, le ha costado buena parte de su fortuna. Claro que, en arte, las obras no se rigen por su valor estético, sino por su precio de mercado. Y la manipulación de los mercados sí es un arte que dominan los judíos.

Sinónimos de politeísmo, según el diccionario, son paganismo y gentilidad. Los gentiles –forma occidental de nombrar a los goyim– somos, al menos para los judíos, paganos politeístas. Un punto a favor.

La primera derivación de la fe judía es la cristiana. Ligeramente más moderna, no circuncida a sus infantes y representa a dios en todas las posiciones y actitudes, humanizándolo descaradamente. Los cristianos son herederos de la civilización helena, de ahí que Dios empiece por tener un hijo mortal, el Christos. De modo que el politeísmo subyace en los cristianos. Como consecuencia, el cristianismo está cuajado de personajes secundarios que son como deidades menores. Si Dios equivale a Zeus, la Virgen es una combinación de Cibeles y Afrodita. Los santos se corresponden con las deidades menores y con los héroes griegos. Por eso tantos santos se sacrificaron a Dios, despedazados, quemados, violados, tal como Heracles se sacrificó a su padre Zeus, suicidándose. Esto no es una hipótesis: el sincretismo religioso cristiano lo demuestra. Así, para implantar la religión cristiana entre los esclavos negros en Cuba y otras colonias hispanas, se identificaron deidades con santos: Changó es Santa Bárbara, Obatalá es la Virgen de las Mercedes, Eleguá es el Santo Niño de Atocha, Ochún es la Virgen de la Caridad del Cobre, Yemayá es La Virgen de Regla… De hecho,¿qué significa que existan tantas vírgenes diferentes, unas blancas y otras negras? ¿Son la misma persona o no?

Hay muchos paralelismos entre el actual cristianismo católico y el paganismo griego. Pero no podemos dejar de señalar que la cristiana es una religión feudataria de la judía. Su dios se supone el mismo, el que comparece en la Biblia, libro que los cristianos llaman Antiguo Testamento. Sin embargo, entre Dios y su Hijo existe un abismo moral insalvable.

La segunda derivación de la fe hebrea es la musulmana. Nada moderna, casi medieval, pero menos cruel que la judía, circuncida a sus varones cuando se convierten en hombres, pero no a sus neonatos –al menos les permite decidir si quieren perder el placer sexual para siempre, una vez ya lo conocen; los musulmanes son como los ciegos por accidente que recuerdan lo que era ver; no ciegos de nacimiento, como los judíos–, y tampoco puede representar a su dios. Los musulmanes árabes son semitas, en lo absoluto herederos de la civilización helena. De modo que durante su ocupación de las tierras del antiguo Egipto, destruyeron símbolos y templos. Tan sólo respetaron aquello que la arena enterró. El Profeta lo es todo, lo piensa todo, lo sabe todo, lo regula todo. El Islam es una religión que se entromete no sólo en la vida social de sus creyentes, sino también en la política. Exactamente igual que la religión hebrea, en ese sentido. Lo mismo que la papista de los Estados Vaticanos. El caso de la Iglesia Anglicana recuerda al monoteísmo egipcio: Enrique VIII fue una especie de Akenatón que se autoerigió en su líder único de su Iglesia, uniendo religión y estado. En todas partes cuecen habas.

Pero, para sorpresa de adictos a la televisión occidental, existen otras religiones en el mundo con cientos de millones de creyentes: el sintoísmo o el hinduismo, por ejemplo. Y ambas son politeístas. Así que el politeísmo no es un vestigio del pasado, sino algo absolutamente actual.

Características del monoteísmo son su crueldad y su intolerancia. Aún permanecen en nuestras retinas las imágenes de la destrucción de los budas afganos de Bamiyán de 2001. O, más actualmente, la de monumentos religiosos en Siria por parte del Estado Islámico. Pero los sacerdotes cristianos hicieron lo mismo en América, arrasando los archivos de las civilizaciones inca, azteca y maya, cuya historia desapareció para siempre.

Hoy en día existe una enemistad nada velada entre las tres religiones del Libro. De hecho, a ello se atribuyen las campañas contra el terrorismo internacional que mantienen nuestras libertades civiles bajo férreo secuestro. Si existe tal enemistad irreconciliable, ¿cómo puede sostenerse que Yahweh, Alah y Dios/Cristo puedan ser el mismo personaje? De ahí a que la civilización planetaria reconozca el politeísmo como el cauce para la resolución de problemas entre pueblos y culturas no hay más que un paso. Un paso inteligente que promocionará los derechos civiles de los seres humanos frente a la barbarie religiosa.

Cesen de una vez judíos, musulmanes y cristianos su competición para poseer al mismo dios en exclusiva; reconozcan que sus dioses son distintos y que todos son respetables. Olvídense del sincretismo como solución, pues las matanzas no lo avalan, algunas, tan próximas como la de Yugoslavia, a finales del siglo XX. Aquí se trata de respetar los derechos de los seres humanos vivos, no de los mitos. La procura debe ser politeísmo y separación de los ámbitos político y religioso. Estados Unidos es el paradigma de país con respeto hacia todas las religiones, al menos sobre el papel. Los estados confesionales son la otra cara de la moneda. La negación de la civilización, incompatible con la cultura y con la tecnología actual. Un mundo que establece las comunicaciones fáciles entre personas separadas decenas de miles de kilómetros, que les permite relacionarse mediante los traductores automáticos en línea, no puede permitirse la confesionalidad de los ejércitos armados.

Los hombre libres debemos atajar la sangría mediante el sencillo procedimiento de adoptar el politeísmo. Y el verdadero respeto a las deidades ajenas, que no consiste en asimilarlas mediante falacias sincréticas, sino en añadir tales deidades a nuestro imaginario politeísta. No se tata de tolerar que existan las sinagogas y las mezquitas, sino de que entremos en ellas a venerar a Yahweh y a Alah, lo mismo que a Dios en una catedral. Existan Dios, Alah, Yahweh junto a todas las deidades hinduístas o sintoístas. Cohabiten la Virgen María y Amaterasu, la diosa sintoísta. El politeísmo es respeto. El monoteísmo es imposición. El politeísmo es tolerancia y paz y el monoteísmo es la guerra permanente.

Los únicos humanos capaces de recuperar el politeísmo en occidente somos los europeos. No condenemos a nadie por creer en su dios concreto. Incorporemos ese dios a nuestra panoplia de deidades. Conviva Alah con Thor y con Cristo. Conviva María con Yamí, hermana y esposa del dios Iama, sin otra limitación que el escrupuloso respeto a la Carta de los Derechos del Hombre: nada de amputaciones genitales obligatorias. Nada de barbarie amparada en la moral. El politeísmo diluye el poder de los sacerdotes, de los rabinos y de los imanes. No se trata de tolerar otras religiones, sino de, como buenos herederos del imperio romano, permitamos que las nuevas deidades se incorporen al culto de todos nosotros.

O nos convertimos en politeístas o iremos a la guerra definitiva de la mano de los intolerantes. Esta es mi declaración formal: Creo en Dios y en todos los dioses, no menos de cien, ojalá fueran miles, que proporcionan consuelo o animan el espíritu de los seres humanos de todo el mundo –hombres a los que considero mis hermanos en lo espiritual–. Cada deidad me parece tan respetable como cualquier otra. Cuando veo a cualquier Virgen en su cueva, sé que veo a su lado a Gea, la diosa de la Tierra. Por eso, y sobre todo, todas las deidades me parecen iguales, con los mismos privilegios, el mismo derecho a existir y a ser adoradas por sus fieles. Este concepto que introduzco bien pudiera denominarse democracia teocrática. Y cualquiera que trate de imponer a uno de sus dioses sobre los demás es un enemigo de la Humanidad, un criminal intolerante, un genocida de facto o en potencia. El mundo debe deshacerse de él por monoteísta, y aplicársele leyes inflexibles contra el derecho al credo de los demás.

España, crisol otrora de diversas creencias religiosas en pacífica convivencia, debe ser el mejor modelo del nuevo pensamiento politeísta: jamás distingamos entre judíos y musulmanes por razones de credo: permitamos que Yahweh y Alah estrechen sus manos, si es que las tienen. Que Jesucristo convierta el agua en vino para celebrar la efeméride, y que sean todos ellos transportados a lomos de Ganesh, el dios-elefante de los hindúes.

Esto es civilización. Integrar a un inmigrante no es darle trabajo o subvenciones, sino eso: acoger a sus dioses en nuestro Olimpo y exigirle a cambio que se civilice, que respete los dioses ajenos. Todo inmigrante deberá entender y respetar, tal vez incluso adoptar, el politeísmo de Occidente. Pues somos herederos de la genialidad de Grecia y Roma, no monoteístas especuladores, ansiosos de poder, adoradores de sanguinarios trasuntos de Atón.

MIGUEL UÑA DE QUINTANA

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