III República ¡Es la hora de la legitimidad! ¡Referéndum o revolución!

Más de 60 manifestaciones en las plazas de toda España. En Sol, decenas de miles de ciudadanos reclaman el advenimiento de la III República Española y un referéndum Monarquía/República.
Hoy, el Rey Juan Carlos I ha hecho pública su intención de abdicar en su hijo Felipe, que pretende ser coronado, por lo tanto, rey de España como Felipe VI. 

La causa mediática, el detonante final de la dejación del poder Ejecutivo por parte del Rey, es el deterioro de la imagen de la Casa Real, que comparece en todos los medios como una de las más corruptas del mundo, junto a las de Arabia Saudí y Marruecos. Otras causas de la abdicación podrían ser el mal disimulado cáncer de pulmón de Juan Carlos y quizás una aparente estupidez congénita que le hace creer que la puta real, Corinna «zu Sayn-Wittgenstein», va a seguir succionando su ex-real morcilla tras la abdicación.

La causa estratégica es otra. Porque el Rey ha sido obligado a abdicar. Desde hace más de un año se le conmina desde los poderes fácticos a ello. Pero él, agarrado al trono como un molusco, nunca ha estado dispuesto a irse más que en un ataúd de madera de cedro, como todos los reyes españoles antes que él. Sabiendo esto, se entiende el acoso mediático y judicial a los que la Casa Real ha estado sometida estos últimos meses. La a todas luces soslayable imputación de la Infanta Cristina en el caso Noos es el colofón de esa política de acoso, en el que participa el CNI filtrando noticias. ¿O de dónde creéis que ha sacado los cojones el juez Castro para imputar a una Infanta de la Casa Real Española, cuando jueces como Gómez de Liaño, Garzón o Silva han perdido la carrera por imputar a otros peces gordos, por cuantías infinitamente mayores?

Visto lo anterior, vamos a razonar por qué se obliga al Rey a abdicar.

Imaginad que la noticia de hoy hubiera sido: «Fallece el Jefe del Estado, Juan Carlos I de Borbón».

Las posibilidades de que Felipe de Borbón fuera rey serían bajísimas. No tiene carisma ni raigambre en el pueblo español. Ni siquiera se le puede atribuir gratuitamente, como a su padre, ningún mérito por acabar con el régimen nacional-católico de Franco. En cambio, abdicando, Juan Carlos seguirá vigilante el ascenso al poder de su hijo, prestando su «prestigio mediático» (esa falsificación que lo muestra como un demócrata encubierto que consintió ser nombrado por Franco como sucesor por el bien del pueblo; o como defensor de la democracia ante el golpe de estado del 23F; o como rey campechano, accesible y algo torpe) al sieso de su hijo. Por eso abdica, porque es lo mismo a lo que nos tienen acostumbrados todos los politicastros españoles, lo que hicieron Aznar y Chaves: dimitir designando al sucesor.

Pero todo eso nos da igual. Como nos da igual que la sombra de la duda, con graves acusaciones de fratricidio —mató de un tiro en un ojo a su hermano Alfonso, el Pequeño Cicerón, elegido por don Juan como heredero e incluso de crímenes sexuales —el asesinato por defenestración de una amante preñada, la jovencísima Sandra Mozarowski— graviten sobre la figura de Juan Carlos I. Sobre lo que no hay sombras de duda es que su fortuna es de 2.300 millones de dólares, según el NY Times, y la ha amasado desde 1975, pues llegó a la Jefatura del Estado con una mano detrás y otra delante. Al lado de eso, lo de Urdangarín da risa.

Porque Felipe de Borbón y Grecia no se ha ganado de ninguna manera ser rey de España.

No ha hecho nada que merite acaudillar a los españoles: no ha ganado batallas, no ha sido impuesto por un dictador a punta de bayoneta, no ha procurado mejoras de ninguna clase para el pueblo. Su único mérito: ser hijo y heredero del rey saliente, que es un felón(*) que ha faltado a su palabra en todas las ocasiones en que su mantenimiento podía resultar perjudicial para sus intereses: la dada a su padre don Juan de reconocer su legitimidad como verdadero heredero; la comprometida con el dictador Franco, su valedor, de respetar las leyes del Movimiento; y la jurada a la partitocracia, el día en que se prestó a la maniobra del golpe de estado del 23-F.  

La imposición de Felipe VI es social y legítimamente imposible, por más leyes orgánicas que la legalicen. 

Juan Carlos se ha resistido tanto como ha podido a soltar las riendas del poder, ése que tanto dinero en representaciones le ha dejado. Ha tardado demasiado en irse, lo mismo que hizo Franco. Y la última oportunidad de una «digna» retirada es ésta: o abdica, o la monarquía muere con él. La cosa está clara y la ocasión la pintan calva: el PP tiene mayoría absoluta y el PSOE, muy débil, heredero de la Falange tardofranquista, ha sido monárquico desde hace décadas, renunciando a todas y cada una de las creencias e ideas que lo hacían reconocible. Así que votarán la Ley Orgánica de Abdicación a hurtadillas y a piñón traicionero, sin debate, como hicieron con la reforma constitucional del 2 de septiembre de 2011, que dejó a los españoles en manos de la usura internacional. Pero ambos partidos se han hundido en las Elecciones Europeas, en las que la abstención ha sido mayoritaria, a pesar de la agitación política en la que se han empeñado los partidos: a pesar de la exacerbación de los artificiales independentismos y de la proliferación de oportunistas partidos bisagra que llevaran a votar a los incautos.

Así que la hora de acabar con el anacronismo de la monarquía española, de instaurar la III República Española ha llegado. 

Vendrá luego el momento de convertir esa III República Española en una verdadera democracia con independencia de poderes desde las urnas y acceso del Pueblo Español a la democracia directa. Pero ahora, lo que toca es descabezar al Monstruo de la anti-democrática Transición.  

La III República Española hay que exigirla ya. En las calles y en todo foro decente, como siempre ha pretendido ser éste.

MESS

(*) Felón es quien comete felonía, aquél que es desleal o falta a la palabra dada.

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