El derecho a la Vida

Gallardón muestra a los rabinos su micropolla circuncisa (fuera de imagen)

—En primer lugar, don Maldito, muchas gracias por acogernos en su casa.

Maldito no se inmuta mientras pone en la mesa media botella de Macallan y dos vasos. Escancia un dedo de whisky de malta pura en cada uno y da un sorbo a su ración. Desde mi butaca veo el patio de esta casa medio en ruina. Aunque asilvestrado por falta de atención, está en flor, como toda Collserola en primavera

—Ande, tómese un lingotazo —me anima.

—¿Qué opina usted de que el nuevo código penal incluya de nuevo el aborto como delito? ¿Qué le parece que sea delito incluso el abortar en caso de malformación del feto, y que para ello se ampare el ministro Gallardón en su interpretación de la mismísima Constitución Española?

—Gallardón es un cabronazo de los que sudan aceite de ricino, le importa un pedo de burra que las mujeres sufran. Y la Constitución Española es como una puta vieja: en su putrefacto coño le cabe todo.

—De acuerdo, Maldito. Pero ¿qué piensa del asunto en sí desde el punto de vista de las libertades?

—La mayor parte de los pensamientos y negocios políticos se basan en desinformaciones y malentendidos. Con el fin de construir un pensamiento coherente sobre la Libertad, hay que borrar de la mente todo lo asumido y partir de cero, de las más puras esencias. —dice, mientras enciende un cigarrillo sin filtro.

Me acomodo en mi sillón, expectante.

—La primera libertad humana es la que ampara el derecho a la vida. Que no debe entenderse como lo manipulan la Iglesia, los partidos políticos y los medios de masas. El derecho a la vida no se refiere al derecho a nacer de los no nacidos, sino al derecho a mantenerse uno con vida mientras quiera— postula con una media sonrisa—. Y lo que es más importante, el derecho a acabar uno voluntariamente con la propia vida cuando ya no quiera.

Como le miro algo confuso, aclara:

—El derecho a la vida incluye el derecho a la no-vida, al suicidio, que es un asunto tan absolutamente vital como el otro.

—El suicidio también es un delito… ¿no? —aventuro.

—No —me corrige—. El suicidio no se recoge como derecho ciudadano en la legislación, pero no es un delito.

—Ah…

—Pero nuestro derecho viene del romano católico apostólico. Para los curas no hay peor pecado que el que comete el suicida. El resto son todos redimibles con una penitencia u otra. Pero ese pecado mortal —el suicidio es, en realidad, el único pecado mortal— garantiza las llamas eternas del Infierno. No hay cosa que ponga más nerviosos a los clérigos que el suicidio, pues ante él carecen de poder ninguno —este hombre parece que entiende de asuntos eclesiásticos—. Así que no debe sorprendernos que el suicidio fuera considerado en la legislación franquista como un delito, aunque no fuera posible castigar a los suicidas exitosos. Por suerte, eso ha cambiado. Ya no se castiga al suicida: no puede colgarse el cadáver, ni apalearlo, ni entregarlo a una facultad de medicina para que jueguen con él los aprendices de matasanos. Tampoco debe extrañar que el resto de derechos que se fundamentan sobre tan pésima interpretación del derecho a la vida sean todos falacias.

Fuma largamente y se escancia otro dedo de whisky de malta.

—Y ello es importante —prosigue—. Porque, una vez reconocido el derecho a quitarse la vida cuando a uno le parezca oportuno, el resto de derechos a la vida se explican solos. Por ejemplo, el derecho a no tener descendencia, que es otro modo de suicidio, esta vez genético. Porque no tener descendencia es una forma de suicidio, no sé si lo sabe o al menos lo intuye usted… Es la renuncia voluntaria a la única forma de vida eterna posible.

—Pues no lo sabía, la verdad. Antes de poder plantearme nada sobre mi derecho a la paternidad, ya tenía una hija —me hago el gracioso.

—Sí, eso es lo común. El coño de la más necia es mucho más resolutivo que el cerebro del más genial varón de reglamento. Pero sepa que a todo hombre o mujer le asiste el derecho a no tener descendencia, al suicidio genético. Vea a los curas, que no procrean aunque prediquen convertir el mundo en una fábrica de abdómenes rellenos. Porque, amigo, no es la fornicación, sino la procreación lo que destruye vuestras vidas. Lo que nos lleva a la destrucción no es el placer, sino sus consecuencias, los hijos, el deber.

Bebe y prosigue:

—En el mundo sobran lágrimas porque sobra gente. “Dichosos los muertos. Dichosos los castos, los estériles, los onanistas, los lujuriosos infecundos, los sodomitas, pues ellos sólo se matan a sí mismos”. Y se cae por su peso entonces el derecho al aborto en cualquier momento del embarazo. Visite usted las catacumbas de los conventos de monjas y verá muchos esqueletos pequeños, como de gato… Suicidio genético y aborto son derechos que se incluyen en aquel más amplio al suicidio físico, y forman parte del “derecho a la vida y a la muerte”.

—Perdone, no lo acabo de…

—La demostración de que están incluidos en la misma categoría es que si una mujer embarazada se suicida, se lleva con ella al feto. Y por ninguno de los dos delitos, suicidio y aborto, se la puede castigar.

—Ya, ahora lo veo.

—De modo que el ministro Gallardón, que niega el derecho a abortar incluso un feto deforme, es simplemente un bellaco totalitario que ampara su absurdo legal en el moral sindiós eclesiástico católico, al que, antes del bautismo, le da igual si una mujer pare gemelos o una longaniza de Crevillente. Total, los no bautizados no van al Cielo, pues no han sido santificados por el Espíritu Santo. Antes iban al Limbo, pero ahora, con los recortes, la Iglesia lo ha cerrado. Sobre el propio Jesús descendió el Espíritu Santo al ser bautizado por Juan. Así que el antiabortismo de la Iglesia es puramente interesado. A no ser que inventen el bautismo antes de nacer, la mujer que aborta no es más culpable ante Dios que la que se corta las uñas de los pies. Y eso por no mencionar las leyes de la recapitulación de Haeckel, que muestran que el embrión humano repite las etapas adultas de sus ancestros evolutivos. Hoy se acepta la filogénesis del Homo sapiens como resultado de la evolución del pez a través de los reptiles hasta los mamíferos. El cerebro de los humanos se desarrolla más tarde en relación al resto de los primates. De manera que abortar, según el plazo, va desde cagar un pez a deshacerse del feto de un mono.

—¿Y todo eso deja frío al ministro? —inquiero.

—Gallardón no se comporta en realidad como un ministro de España ni de los españoles, sino como un agente del Vaticano, de ese país cuyo jefe de estado predica y procura el valle de lágrimas en este mundo, para medro de su puta y ecuménica Iglesia.

Me quedo pasmado. Se me nota.

—Y no se deje engañar. Esto forma parte de la política de privatizaciones de la sanidad. La mujer que pueda permitírselo, abortará en España con total impunidad. Al Estado, con tal de no pagar, le da igual si aborta o si se dedica a la cría de forúnculos en macedonia. ¡Y la que no pueda pagar, a parir! La Seguridad Social es ya cualquier cosa excepto segura o social —medita—. Y a vivir, que nadie huele sus propios pedos ni le parecen sus hijos feos…

Le doy un trago al contenido de mi vaso. Como me ve anonadado, tras encender otro cigarrillo con la colilla casi extinta del anterior, apostilla:

—Tranquilo, hombre, Gallardón no va en serio. ¿Cómo va a importarle a ese cráneo repleto de vómito masón que las mujeres aborten, si le da igual que cientos de personas adultas se quiten la vida por los desahucios, al dejarlos a ellos y a sus familias en la puta calle a causa de los delitos financeros? Por cierto, a los banqueros su nuevo código penal sigue protegiéndolos. Créame: El PP aprueba esta ley para sostener la cleptocracia monárquica vigente. Con esa barbaridad legislativa da pie a la futura alternancia del PSOE, partido político absolutamente destruido, arrasado por la era zapaterina de ministras florero, abortos sin permiso paterno a los 16 años —otro evidente impulso para la alternancia— y bodorrios de maricones. Le da la oportunidad de volver al poder, aunque solo sea para anular este dislate antiabortista. Y algunos otros dislates que cometerá el PP antes de irse, téngalo por seguro. Así funciona este péndulo de la rapiña.

Ahora soy yo el que se mete un buen trago de scotch. Me hace falta para tratar de adivinar en qué otros dislates del PP estará pensando Maldito Hijo de Perra.

(Continuará)

ÁCRATAS

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