La verdadera cara del anarquismo

Jesús Lizano: «Soy anarquista poético: mi mundo no es de este reino»

Mi madre decía: a mi me gustan las personas rectas.
A mí me gustan las personas curvas,
las ideas curvas,
los caminos curvos,
porque el mundo es curvo;
y me gustan las curvas
y los pechos curvos
y los culos curvos,
los sentimientos curvos
la ebriedad: es curva;
las palabras curvas:
el amor es curvo;
¡el vientre es curvo!;
lo diverso es curvo.
A mí me gustan los mundos curvos;
el mar es curvo,
la risa es curva,
el dolor es curvo;
las uvas: curvas;
los labios: curvos;
y los sueños, curvos;
los paraísos, curvos
(no hay otros paraísos);
a mí me gusta la anarquía curva;
el día es curvo
y la noche es curva;
¡la aventura es curva!
Y no me gustan las personas rectas,
el mundo recto,
las ideas rectas;
a mí me gustan las manos curvas,
los poemas curvos,
las horas curvas:
¡contemplar es curvo!;
(en las que puedes contemplar las curvas
y conocer la tierra);
los instrumentos curvos,
no los cuchillos, no las leyes:
no me gustan las leyes porque son rectas,
no me gustan las cosas rectas;
los suspiros: curvos;
los besos: curvos;
las caricias: curvas.
Y la paciencia es curva.
El pan es curvo
y la metralla recta.
No me gustan las cosas rectas
ni la línea recta:
se pierden
todas las líneas rectas;
no me gusta la muerte porque es recta,
es la cosa más recta, lo escondido
dentro de las cosas rectas;
ni los maestros rectos
ni las maestras rectas:
¡libérennos los dioses curvos de los dioses rectos!
El baño es curvo,
la verdad es curva,
yo no resisto las verdades rectas;
vivir es curvo,
la poesía es curva,
el corazón es curvo.
A mí me gustan las personas curvas

JESÚS LIZANO

El anarquismo engloba actualmente demasiadas teorías políticas (algunas meras especulaciones idealistas), pero lo que lo ha caracterizado siempre es: 1) la socialización de los medios y bienes de producción y 2) la abolición del Estado (instrumento primordial del capitalismo). Es decir, el anarquismo ha consistido siempre en proponer el socialismo libre de los yugos de las estructuras del capitalismo, entre las que se cuentan el Estado y la democracia formal.

Después tendremos, a causa de las tendencias y características particulares, a anarquistas más o menos individualistas, más o menos colectivistas, tanto en sus planteamientos como en su programa ideológico, ya hablemos de socialismo utópico, comunismo libertario, humanismo ácrata, etc. Esto teniendo en cuenta que en absoluto resultan incompatibles las diversas posturas existentes.

Otro tema, y hay que reconocerlo bien complejo, es que en el año 2013 no puede negarse que el Estado social del siglo XX (mejor dicho, de su segunda mitad) hizo suyas algunas de las demandas del anarquismo, especialmente del socialismo utópico, por lo que, a día de hoy, resulta poco menos que una pose pedir la abolición total del Estado. El anarquismo debe adaptarse a los tiempos, o de lo contrario se queda en letra muerta, en verdad de fe. Por tanto, el movimiento anarquista orienta la lucha a forzar a que el Estado (a sabiendas de que, además, su abolición es inviable) resulte lo más «social» posible, es decir, que 1) los ciudadanos tomen parte activamente en la toma de decisiones políticas y económicas (asamblearismo) y 2) la riqueza se redistribuya de la forma más equitativa posible (según la propia creencia libertaria de «a cada uno lo suyo»).

Como digo, la inviabilidad para tumbar al Estado en el globalizado siglo XXI es evidente. Pero ya antes lo era: y he aquí la mayor contradicción del movimiento anarquista: ¿qué camino tomar para la resistencia frente a la tiranía del capital? En este sentido, el activismo anarquista (incluido el armado) no puede ser condenado a la ligera, toda vez que no existía, más allá de la batalla sindical, otra forma de forjar un futuro distinto. No obstante las cesiones del capital desde 1945 hasta finales del siglo XX apaciguaron los ánimos revolucionarios, como es comprensible, una vez que parte de las demandas de las clases populares fueron satisfechas (en Occidente, claro está).

Hoy, cuando el capitalismo recobra su faz más depredadora, vuelve a plantearse con fuerza la alternativa anarquista. Pero ha de hacerse con sentido práctico, y sin dogmatismos: no es lo mismo la defensa del ideal anarquista en el 2013 que en el siglo XIX. En el siglo XIX no había sido ensayado un Estado que incluyera políticas sociales (logradas tiempo después gracias a una fiscalidad progresiva). Pedir hoy la abolición del Estado no nos diferenciaría demasiado de los «neoliberales», quienes pretenden reducirlo a un mero papel de celador del capital, es decir, que, sin abolirlo, no pretenden designarle más que un rol policial.

Hace 150 años (Estado policial al servicio del capital en todos los continentes, menor densidad demográfica, etc.), el planteamiento anarquista partía de la abolición de todas las instituciones coercitivas.

Hoy el contexto es distinto. Ello no niega la crítica al Estado, incluso la aspiración a superarlo, pero si se pretende algo más que empantanarse en la ciénaga de la especulación filosófica, debe comprenderse que la convivencia con algunas instituciones (por mínimas que fueren) es inevitable.

En cuanto a la estrategia a seguir para labrar el futuro del anarquismo, ni ayer ni en un próximo e hipotético futuro cabía o cabrá otra que la la revolución social. De lo contrario, todo logro, todo avance popular, resultaría fácilmente vulnerable frente a las agresiones y la predación no ya de las propias élites sometidas o abolidas, sino frente a las de otras naciones ávidas por someter a países instalados en el caos del desgobierno. Esto hay que plantearlo por un mínimo de pudor y coherencia intelectual.

Asumiendo estas evidencias, se podría proponer, no obstante, la alternativa ácrata marginal, es decir, el vivir al margen de la sociedad establecida, ya sea individualmente o en comunidad. Pero obsérvense por ejemplo las dificultades del pueblo gitano (que no está lejos de un anarquismo tribal) en el marco de la modernidad, y reflexiónese sobre la vulnerabilidad de toda disidencia no organizada en un contexto socio-político y económico como el presente.

El anarquismo, en definitiva, no incurrirá en ninguna contradicción de base siempre y cuando sus partidarios justifiquen la revolución social (pacífica o no), pues ése sería el camino lógico que tomar para derribar las estructuras de poder de la civilización capitalista, heredera de la feudal que algunos falsos anarquistas se dedican ahora a reivindicar, como si vivir en contacto con los pajaritos fuera incompatible con ser un esclavo (cosa que era la mayoría en la etapa pre-capitalista).

¿Estamos preparados para sumir la acracia? Algunos sí, la mayoría ni se lo plantea. Desde una postura ácrata o anarquista sólo así es defendible una sociedad sin Estado y sólo así es defendible el libre acuerdo. Es decir, sin elementos de coerción.

¿Resulta hoy viable la acracia? No. ¿Por qué? Porque, en primer lugar, no hay cauces de lucha como los del siglo XIX (donde el capital corría peligro, mientras que hoy campa a sus anchas, incluso por encima del Estado-nación); y en segundo, porque el Estado tomó un cariz social innegable (en algunas de sus facetas) en muchos países (lo sigue conservando en los nórdicos), de tal modo que se convirtió en corrector de las desigualdades sociales y en árbitro de la economía (ahí tenemos los consejos de administración de empresa en Suecia, integrados, por cuota, por los trabajadores).

El pensamiento actual (neoliberal) persigue el adelgazamiento del Estado: es decir, su abandono de las políticas sociales y de inversión en bienes comunes y servicios básicos (vía privatizaciones) al tiempo que la conservación del rol policial (y de otros elementos represivos). Persigue, pues, volver al capitalismo puro (no «de rostro humano») tradicional. Esto, como ya vemos y de sobra es conocido, acrecienta las desigualdades sociales y favorece un mercado de explotadores y explotados (consolidándose los oligopolios) en nombre de la «libertad» (del capital, huelga decir).

Entre un Estado «democrático» cuya fiscalidad más o menos progresiva estaba garantizada y un Estado «tecnocrático» (como el del XIX), hacia el que vamos o en el que ya estamos, cuya fiscalidad no favorece más que la concentración de capital (y con ello, las «crisis»), obviamente me quedo con el primero por simple afán de supervivencia. Independientemente de nuestras aspiraciones particulares a superarlo, tampoco me parece coherente, al menos desde una perspectiva libertaria equiparar ambos modelos, puesto que uno, el primero, posibilitó el mayor grado de desarrollo socio-económico desde la antigua Roma mientras que el otro, el segundo, no desemboca más que en polarizaciones sociales brutales, que son las que caracterizan a los países latinoamericanos (de exquisitas constituciones «liberales») y no digamos ya africanos (donde el «anarco-capitalismo» hace estragos).

Por eso últimamente trato de que no puedan confundirme con esa tribu de los «anarco-capitalistas» (que además no tienen puñetera idea de lo que hablan) o con los posicionamientos monjiles, monacales, de ácratas etéreos que escupen palabras bonitas sin posibilidad de ejecución práctica (cuando no justifican el sufrimiento en aras de una supuesta autosuperación que la mayor parte de las veces resulta imposible si no tienes un puto duro).

Dicho todo esto, el rasgo identitario del anarquismo fue, es, y será, la socialización de los medios y bienes de producción (como en el socialismo) dentro de un marco de libre comercio auténtico, libre acuerdo total, y sin coacción de ningún tipo. En otras palabras, el anarquismo es un socialismo no vertical, que rechaza las trampas heredadas del capitalismo de Estado (en que cayó el comunismo soviético, lo mismo que Cuba o ese engendro llamado China).

EL LOBO ESTEPARIO

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