Liberalismo: ideal predilectode mafiosos, ladrones y genocidas

El jesuita Juan de Mariana, liberal con think tank propio en España

El liberalismo se define a sí mismo como un sistema filosófico, económico y político que promueve las libertades civiles y se opone a cualquier forma de despotismo, apelando a los principios republicanos. En realidad, se trata de una “ideología” que impone la supremacía de los intereses individuales frente a los de la colectividad social. Aunque pretende ser igualitarista en cuanto al valor moral de los seres humanos, aborta la igualdad de oportunidades para toda otra ideología; es globalista, niega importancia a la Historia o la especificidad cultural de los pueblos; y pretende que cualquier problema humano es superable sin otro motor que el egoísmo. Es decir: se comporta con igual soberbia con la que lo hacen las células de un cáncer mientras el huésped sigue vivo, sin preocuparse de las consecuencias de que muera, fatales incluso para el propio cáncer.

El liberalismo señala como enemigos al igualitarismo económico y a la cooperación entre humanos. Así que su pretensión de que los hombres nacen “libres e iguales” choca con su feroz sentido de la competencia. Todo liberal cree que a ningún competidor debe concedérsele ni pan ni sal, así que es mejor exterminarlo cuando aún no es lo bastante fuerte como para presentar batalla seria. La lealtad no existe como valor, sino la oportunidad. Ante el posible beneficio no hay obstáculo legítimo. Por eso pretende eliminar a todo estado social que se alce como garante de los derechos de los colectivos más débiles, como en el caso de los revolucionarios bolivaristas sudamericanos o en cien otros. Al Capone y Frank Nitti fueron, en este sentido, grandes liberales.

El liberalismo presenta una contradicción insuperable: cuanta más libertad hay para unos individuos, mayor es la dependencia y la esclavitud de la mayoría. Personas que tienen, teóricamente, los mismos derechos. Por eso, el liberalismo no desea que ningún pueblo esté armado. Pues la libre competencia no le interesa cuando no tiene ventaja y mejores oportunidades que el resto de la sociedad.

El liberalismo es hoy el misil que el capitalismo global de la Sinarquía Financiera Internacional (SFI) arroja sobre los pueblos y las culturas. El liberalismo parece estar (y está) en guerra con todos los pueblos del mundo. Y eso es precisamente lo que vemos todos los días en las noticias, a poco avezados que seamos.

El liberalismo, a fuer de oportunista y cleptómano, utiliza a los estados en beneficio propio: y, corrompiendo a los políticos (que son en ese sentido muy liberales de bolsillos) socializa las pérdidas empresariales en cuanto estas acontecen. Es decir: el liberal cree en todo estado que lo exonere de responsabilidad y en cualquier estado corrupto que le permita aprovecharse de obras y contratas mediante el pago de sobornos y comisiones.

En acratas.net estamos convencidos de que todo empresario abrazado a la farola del liberalismo es un ladrón en pleno ejercicio (y un genocida en potencia, como veremos otro día, si no nos cierran la edición). Para ver lo obvio, basta con analizarlo en todos sus rangos, de mayor a menor:

Alto nivel: Un gran empresario de las finanzas como Botín (como cualquier banquero, aunque no haya estado procesado por un escándalo como el de las cesiones de crédito del Banesto que costó 470.000 millones a la Hacienda Pública) lo es, pues desde el Santander estafa al pueblo con el dinero del propio pueblo, dentro de la Ley, eso sí. Un empresario como Prado Eulate (o cualquier otro ejecutivo de empresas de servicios básicos) lo es, pues dirige Endesa, empresa eléctrica que pacta tarifas abusivas con el Gobierno en contra del pueblo. Un alto ejecutivo como Falcones (o de cualquier gran constructora) lo es, pues dirige FCC y se lleva las obras con el dedo del ministro correspondiente al precio que le da la gana. Cualquier gran empresario (español o simplemente terrícola) es un chorizo, un estafador que actúa en ambientes enrarecidos donde la llama de la justicia no arde, pues la Ley que administra esa justicia se escribe al dictado de los intereses de los poderosos, que ordenan cómo redactarla con puntos y comas. Conforme los grandes empresarios inventan nuevos delitos económicos, son aprobadas leyes que los convierten en prácticas legales.

Nivel medio: El mediano empresario también lo es claramente: explota, extorsiona a sus trabajadores para producir barato y apropiarse de los beneficios (las plusvalías), llevándose si hace falta parte de la producción de su empresa a paraísos laborales africanos o asiáticos donde los obreros trabajan por la mera subsistencia, aunque ello cueste la miseria de sus conciudadanos. No le importa otra cosa que el dinero.

Bajo nivel: Nos quedan el pequeño empresario… que es otro mangante de pocas luces o con pocos vuelos, pues todo su afán es crecer y convertirse en un mediano empresario. Y hace lo que sea para serlo, no importa que el procedimiento sea legal o ilegal.

Nivel de cloaca: El trabajador autónomo es el único que parece un asalariado, un obrero. El autónomo es, en realidad, un empresario forzoso. Ya le gustaría no serlo. Pero no puede esperar a que le den un trabajo verdaderamente bien remunerado. Así que pone una tienda con sus ahorros (que cierra a los tres meses) o hace más barato lo que hacía la empresa de la que lo echaron, demostrando que su antiguo patrón era y seguirá siendo siempre un robaperas. El autónomo es, en general, un desesperado ante la complicidad entre el Estado, los financieros y los grandes empresarios, ante la explotación del pueblo organizada por ley. Es el que, sin salirse del sistema (pues está dentro del sistema en todo lo demás, se ha casado, tiene hijos, debe un piso, paga las multas de su coche y paga las cuotas de una gestoría para que le lleven sus relaciones con la Administración) se salta toda norma que haga falta para sobrevivir. Es al que persigue Montoro, mientras amnistía fiscalmente a los grandes evasores de impuestos o a los obvios delincuentes, traficantes de cocaína. El autónomo no es colectivista. Le gustaría serlo, si el colectivismo funcionase en este mundo de normas trucadas en favor de los ricos. Le gustaría unirse a dos docenas de hombres como él, con ganas de salir adelante, y acometer trabajos de mayor envergadura, mejor pagados, que lo realizasen intelectual y moralmente. Pero no los encuentra. Y sabe que en una cooperativa no obtendrá otra cosa que obstáculos por parte de la Administración.

La iniciativa privada es (al único nivel en que es justificable, la de los pequeñísimos empresarios y los autónomos) una lucha desesperada contra la falta de organización de la sociedad para lograr el bien común, un vano intento de organizar el microentorno en medio del caos general, una balsa de cañas que lucha por evitar ser arrastrada por el vórtice que todo se lo traga.

Más aún en tiempos de penuria como los actuales, lo que digo es obvio. Los que viven medianamente bien hoy día, de arriba abajo, son los altos enchollados del Sistema y los funcionarios. Es decir: los que dirigen la matanza y los que organizan la cola de las focas para la carnicería y hacen funcionar el cuchillo de degüello. Los últimos son ahora el Gobierno liberal del PP y los cuatro millones y pico de trabajadores del Estado en todas sus categorías y subclases.

En este mundo no existe más solución social que el trabajo organizado. Pero no en parcelas aisladas que compitan entre sí como perros hambrientos ante un filete, sino globalmente. Todos organizados. Y ese régimen que lo hace posible ha sido siempre, y lo es aún, el comunismo. Se dice que el comunismo limita la libertad humana. Claro, naturalmente. Pero se dice como falacia. Toda organización social limita la libertad humana. Nadie es, por ejemplo, libre de violar a un niño solo porque tiene más fuerza que él. Pero no permitimos que los pederastas se quejen porque limitamos su libertad de seguir violando niños cuando los metemos en la cárcel.

Si los seres humanos, al tiempo de resolver el problema del trabajo y de la subsistencia, desean resolver el de la libertad individual, el régimen se denomina, desde que el hombre tiene uso de razón, comunismo libertario. O sea, acracia colectivista.

¿La solución a todo el problema? Sencillo: A los liberales, en la justa igualdad de oportunidades que tanto preconizan, hay que repartirles igual proporción de armas que al resto de los seres humanos. Y luego, que empiece la discusión sobre sistemas políticos, económicos y sociales. Y que gane el más fuerte, el más preparado. Como les gusta.

ÁCRATAS

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