Qué ha pasado con el Capitalismo

Un vecino mío me preguntó qué contestarle a sus amigos de derechas que dicen que los socialistas lo único que pretenden son ayudas del Gobierno.

Le dije: diles que los grandes bancos acaban de conseguir más de 7.000 millones de dólares en dádivas del Gobierno y la Reserva Federal. A los precios actuales, eso equivale a cerca de 100 años de ayuda a los pobres. En este momento lo que hay es socialismo para los ricos y capitalismo para los pobres. Cuando el pobre comete un error, lo paga. Cuando el banquero comete un error, obtiene un rescate del gobierno.

Pero hay más, le dije.

Usted es un músico. Yo soy un escritor y pintor. Los dos tenemos alguna discapacidad. Usted es ciego. Yo tengo un montón de huesos rotos, fatiga crónica y sufro desorden bipolar II. Usted regala su música de forma gratuita en las iglesias y residencias de ancianos. Yo regalo mis escritos de forma gratuita en los blogs y los podcasts y las cartas al editor y los libros electrónicos. Y concedo libre acceso a mis cuadros en Internet. Los dos hacemos feliz a la gente con nuestro arte. Los dos trabajamos, aunque no se nos pague. No nos sentamos sobre nuestros traseros a fumar porros. Los dos trabajamos duro en lo que hacemos. Y ambos recibimos bonos de comida y subsidios de la Seguridad Social. Y justamente eso es lo que a tus amigos alineados con la derecha les gustaría erradicar.

A mí, como escritor y como artista, me encantaría que hubiera una compañía editorial a pleno funcionamiento en la que pudiera publicar mis libros y las reproducciones de mis pinturas. Intenté impulsar una empresa editorial hace casi 20 años, pero desde entonces no he sido capaz de encontrar ningún inversor para mi negocio. ¿Por qué?

Te diré por qué.

Algo le ha pasado al capitalismo.

Hace 30 años el capitalismo aún funcionaba. En ese momento los bancos hacían sólo dos cosas. 1) Prestar dinero a la gente a comprar casas y coches. 2) Prestar dinero a las empresas para comprar materias primas y herramientas con que fabricar los zapatos y los coches y todo lo demás que todavía se hacía en ese entonces. Eso es todo. Dos cosas.

Al mismo tiempo hubo (y todavía existe) algo que se llaman los mercados de futuros. Estos mercados de materias primas intermedian para comprar y vender contratos de futuros para cosas como el maíz y el tocino y el cobre.

Se trabaja de esta manera: Antes de que un agricultor plante siquiera una semilla en la primavera, se dedica a calcular cuánto podría gastar en necesidades básicas como el combustible y los fertilizantes y maquinaria agrícola. Así, en marzo, trata de fijar un precio al que él sería capaz de vender su maíz en noviembre. Y alguien, digamos un comprador para Corn Flakes de Kellogg’s, quiere fijar un precio en ese mismo momento al que su empresa podría comprar maíz en noviembre, para triturarlo en sus molinos, sin interrupción, y acabar hecho copos de maíz. Un corredor de esos productos básicos aúna esos intereses y elabora un contrato entre el agricultor y el comprador. Es una cosa sencilla. Y se estabilizan los mercados. No hay pánico comprando o vendiendo. Todo el mundo está contento. Y lo mismo sucedía para el combustible de avión y el cobre y el tocino y un montón de otras cosas reales. Los productores y los consumidores firmaban contratos de futuros en la Bolsa de Comercio de Chicago. Y sí: había especuladores comprando y vendiendo, pero estaban comprando cosas reales como el maíz y el cobre y el combustible de aviación; y cuando estos contratos vencían, tenían que entregar esos productos. Así que ponían su piel en juego.

Entonces los jefes de la codicia en Nueva York decidieron que querían entrar en el juego. Pero ¿por qué limitar las operaciones a las cosas reales, como el maíz o el cobre? ¡Podrían vender contratos de futuros sobre cualquier cosa! Podían hacer apuestas sobre si el dólar subiría o bajaría, o sobre si la economía irlandesa se vendría abajo, o incluso sobre si los Mets iban a ganar el campeonato. Cualquier cosa.

Y lo chocante es que no hay ninguna clase de registro formal donde realizar un seguimiento de sus operaciones. No hay nada como la Bolsa de Comercio de Chicago que mantenga los precios a la vista de manera abierta y transparente. Los llamados «derivados» no son más que apuestas laterales entre dos personas en cualquier parte del mundo. Todo el asunto es opaco. Nadie sabe lo que está pasando, o a quién le está pasando, con excepción de las personas involucradas.

De buenas a primeras, hubo preocupación acerca de este casino bancario en la sombra. Senadores y economistas comenzaron reclamando la creación de un organismo donde los derivados pudieran ser registrados y comercializados abiertamente, de modo que todos pudieran observar las operaciones y el mercado llamado libre pudiera fijar los precios. Pero el presidente Bill Clinton y sus matones financieros, Robert Rubin, Larry Summers y Alan Greenspan, intervinieron para calmar las aguas. La idea de una Bolsa de Derivados fue el hazmerreír del Congreso. La actualmente vigente Ley de Modernización del mercado de futuros de productos básicos y derivados permite que se negocien en un mercado en la sombra, donde los estafadores con sus computadoras hacen las reglas. Y el Mercado de Futuros Financieros se puso en marcha.

El Mercado de Futuros Financieros es paralelo al mercado de futuros en una forma de economía bancaria opaca cuyas inversiones superan en muchas veces la de los mercados de futuros. ¿En cuánto? No lo sabemos a ciencia cierta, porque no hay control de intercambios ni mantenimiento de registros. Pero sí sabemos que tal casino financiero ha succionado el dinero que antes se aplicaba directamente de las inversiones reales en las cosas reales.

Y como si eso no fuera suficientemente malo, los grandes bancos se pusieron celosos. Ellos querían su parte del pastel. Así que se el presidente Bill Clinton decidió revocar la ley Glass Steagall, que había mantenido a los bancos comerciales separados de los bancos de inversión, a los bancos que daban préstamos separados de los bancos que hacían negocios. ¿Y qué tenemos hoy? Que un banco como JP Morgan Chase o Goldman Sachs hace un 17% de sus ganancias con los préstamos y el otro 83% con la especulación. La parte de préstamos es sólo un escaparate para hacer que palurdos como ellos parezcan buena gente.

Y la mala noticia es que el dinero para hacer préstamos a las pequeñas empresas, o las inversiones en pequeñas empresas, se ha secado. Los inversores que hubieran podido invertir en mi editorial, o en Billy el Músico, han desaparecido en ese mundo bancario en la sombra de los derivados y de la especulación: un Mercado Continuo para hacer dinero rápidamente en el que no se crea ninguna riqueza real.

¿Por qué invertir en un nuevo artista o en un autor o un músico cuando se puede hacer una fortuna especulando con el petróleo y el oro? Nuestro país ha perdido el norte. Y no sabe cómo recuperar lo que lo hizo un gran país. No comprende ya ninguna forma de valor que no sea la cantidad de dinero que algo le rente. No hay manera de poner un precio al placer que las personas puedan sentir al ver mis pinturas, o el que reciben al leer mis escritos. No hay forma de valorar al ciego Billy tocando el piano en el hogar de ancianos, haciendo a algunos lisiados mayores felices por un par de horas.

El capitalismo no conoce un mecanismo para invertir en el valor (la inversión en «calidad» como Robert Persig la llamó en «El Zen y el arte del mantenimiento de la motocicleta»). Así que ésta es la razón por la que Billy y yo vivimos de los bonos de comida del Gobierno y de las ayudas de la Seguridad Social. Y por qué no nos avergonzamos al aceptarlos. Llámennos socialistas. No nos importa. Trabajamos todos los días produciendo valor, aunque el país en el que vivimos está demasiado controlado por las corporaciones como para invertir en ninguna otra forma de valor, así que nos etiqueta, nos paraliza y nos da limosna.

Lo que realmente debería estar sucediendo es que los derivados fueran gravados con impuestos, lo mismo que todas las demás transacciones de los mercados financieros, de manera que los gilipollas de Wall Street que secuestraron a nuestros inversores potenciales pagaran los gastos de mierda necesarios para obtener este valor diario producido por nosotros, en medio de un paisaje económico en el que ningún valor está siendo producido por ellos. Están violentando y vaciando la economía en su conjunto en los rescates pagados por los mismos chalados de derechas que nos culpan a nosotros, los artistas muertos de hambre, de aprovecharnos del sistema para obtener una limosna gratis.

Otras personas, a las que les gusta el arte y la música que hacemos, simplemente no tienen manera de pagarlos o de invertir en ellos, ahora que las odiosas boñigas de Wall Street han requisado todo el dinero. Así que las odiosas boñigas deben pagar por los demás. Que paguen impuestos. Todos ellos. Para gastar el dinero en cosas de valor. Gastar el dinero en la gente.

RICH ZUBATY
The Rude Guy

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