Entrevistas improbables: Ehud Silbermann sinarca financiero internacional

Nos hace pasar el gran personaje, al que llamaremos Ehud Silbermann(*), aunque se llama de otra manera, claro, a su despacho en el corazón de la City de Londres. Nos acomoda y nos ofrece té. Nos lo sirve una vertiginosa rubia nórdica de piernas largas, frías y rectas sobre tacones como estalactitas. Desaparece dejando tras de sí un rastro de Rive Gauche.

—Gracias por el tiempo que nos dedica, señor Silbermann.

—Les recibo porque les leo, y ustedes son de los pocos escogidos que nos entienden, ¿no es verdad? ¿Cómo pueden ser ácratas, en vez de banqueros? ¿Cómo desperdician así el futuro? En fin…

—Cosas de la educación recibida, anárquica, quijotesca, española. Pero háblenos del SFI…

—En eso ustedes cometen un error. Califican al conjunto de los que ostentamos el poder mundial como Sanedrín Financiero Internacional. Pero no todos somos judíos, ¿no es verdad? La mayoría sí, pero no todos. Por lo tanto, debieran ustedes cambiar su cantinela inexacta por otra que es absolutamente cierta. Y no hay necesidad de alterar las siglas SFI que han acuñado ustedes con tanto acierto. Pues el nombre preciso es Sinarquía Financiera Internacional. La mayor parte de los sinarcas somos judíos, claro. Pero los hay gentiles,¿no es verdad? Por ejemplo, los ejecutivos y propietarios de la banca Nomura o del Banco de China; o como el español Emilio Botín, o ciertos ejecutivos del Deutsche Bank —aunque su CEO, Ackermann, lo es, por supuesto—. ¿Sabía usted que el Deutsche Bank forma parte de la exclusiva élite de los bancos propietarios de la FED? Aunque, quede claro, todos los banqueros gentiles son títeres nuestros, lo mismo que todas las sociedades masónicas mundiales son títeres de la B’nai Brith. Harán lo que les digamos con tal de seguir ganando dinero, ¿no es verdad? Y saben que si alguno se ensoberbece en demasía, y trata de salirse del sendero trazado, lo fulminaremos, ¡como fulminamos hace tres años y medio al mismísimo Lehman Brothers, que fue uno de los bancos fundadores de la FED en 1913!

—Son ustedes unos grandes desconocidos, ya lo sabe, señor Silbermann. Hay quien hasta se cuestiona si son ustedes humanos…

—Sí, sí, es bizarro(**)… En cuanto a la sociedad, e incluso los medios de comunicación especializados, la prensa salmón sobre todo, ninguno comprende los mecanismos básicos de lo que hacemos. Mejor, ¿no es verdad? El acuerdo con el presidente Clinton de 1999(***), quien prohibió legalmente la regulación de los derivados financieros, nos permitió crear desde la FED dólares en una cantidad nunca antes imaginada: más de 1.600 billones contra un PIB mundial anual de solamente 65 billones y un valor total de las empresas cotizadas en las diferentes bolsas del mundo de 85 billones. Ustedes son de los pocos que lo entienden, ¿no es verdad?

—Sí. Y es una cifra espeluznante, despendolada.

—No tanto. Cada dólar comprometido en un producto derivado financiero, un colateralizado de acciones o divisas, ha tenido que ser antes intervenido, contabilizado por nosotros. ¡Y aún podríamos crear mucho más dinero, si el mundo lo aceptara! Pues, fíjese, si la deuda pública norteamericana es de 15 billones, la FED —que somos nosotros, ¿no es verdad?— tiene derecho a emitir paralelamente hasta 7 veces esa cifra. Y luego, como al prestarla regresa tras las transacciones oportunas a nuestros mismos bancos otra vez, y vuelve a ser prestada reiteradamente, acaba por multiplicarse hasta por 50, que es la inversa del coeficiente de encaje bancario actual. ¡Eso representa 5.250 billones de dólares! En lo que va de siglo XXI sólo hemos fabricado el 30% del máximo al que podemos llegar. De momento, ¿no es verdad? Y cada año, el gobierno norteamericano nos demanda 3 billones más para cubrir su imparable déficit público, lo que representan un crecimiento máximo de dinero otros 1.050 billones anuales. Es imposible que hagamos tanto dinero sin que el dólar estalle y se desmorone en los mercados. Pero no hay que asustarse: aún nos queda mucho margen de seguridad, ¿no es verdad?

­—El gobierno de los EEUU les entrega, como contravalor del préstamo, un acta o pagaré que ustedes guardan en sus cajas de seguridad. Y contra el que pueden emitir deuda pública norteamericana. Pero ¿qué hay del resto de lo que inventan?

—Cada dólar nuevo ha sido creado por nosotros de la nada y, multiplicado después, prestado a interés con la garantía de propiedades de los prestatarios en todo el mundo, tanto de activos empresariales como de tierras, minas o inmuebles. Ya ve: tenemos hipotecado al mundo entero por valor de 1.600 billones de dólares a cambio de papeles privados que otorgan derechos sobre activos financieros, la mitad de ellos, tóxicos. Ahora los prestatarios no pueden no ya devolvernos los créditos, sino pagar siquiera los intereses… Sabemos que los bienes que aseguraban nuestro dinero no valen lo que les prestamos. Pero eso no importa, pues menos aún nos ha costado el papel para manufacturar el dinero, o el impulso eléctrico que lo ha creado en la pantalla de un ordenador, ¿no es verdad?

—Aunque sabemos la respuesta, déjenos preguntarle, señor Silbermann, ¿cuál es su empeño en mantener estreñidos a todos los inversores y ahorradores del mundo?

No es nuestro único objetivo desvalijarlos a todos ellos, sino que también es necesario para, agostando la recaudación de impuestos, aniquilar a los estados que, al rescoldo del crecimiento empresarial de estos últimos años de abundancia crediticia, se han entrampado con una insensatez que demuestra que la clase política es absolutamente incompetente para velar por los intereses de sus naciones respectivas, lo mismo que la clase técnico-funcionarial que la asesora —al margen de nosotros mismos, que, como Bernanke o Geithner y el lobby judío en Washington, a ambas clases embaucamos y corrompemos cuanto conviene a nuestros fines—. Por eso no hemos producido más dinero que esos 1.600 billones, y hemos desatado la crisis global en 2007 tan sólo retirando de la circulación un triste billón de dólares. El efecto desmultiplicador, con el correspondiente credit crunch desencadenado, ha sido demoledor, ¿no es verdad?

—Pero las consecuencias…

—Evidentes: Los estados, financieramente yugulados, para resistirse a su propia ruina inevitable, necesaria, se revuelven ahora contra sus ciudadanos, desmontando las consolidadas conquistas sociales de las clases trabajadoras de dos siglos, legislando atrocidades que coartan incluso los derechos humanos individuales y colectivos fundamentales —como el de expresión o el de huelga— y reprimiendo violentamente cualquier intento de oposición, ¿no es verdad? Nos harán el trabajo sucio antes de rendirse también ellos y caer bajo el dominio de las empresas transnacionales, que son el poder futuro, y están ya todas bajo nuestra influencia, pues poseemos las 147 empresas clave, la mayor parte de ellas bancos, que controlan accionarialmente al resto de las 1.400 multinacionales más importantes del mundo: energéticas, alimentarias, farmacológicas, armamentísticas, navieras, etc.

—Nadie escapa a los largos colmillos del Vampiro…

—Jajajaja, sí, por supuesto… Sólo China y Japón quedan relativamente fuera de nuestra égida, pues la raza amarilla desconfía de nosotros, y no podemos pasar desapercibidos entre ellos como lo hacemos entre los blancos caucásicos, arios, mediterráneos o eslavos, ¿no es verdad? La lección que el año pasado le dimos a Japón, no obstante, haciendo estallar un artefacto nuclear frente a su costa, que provocó un tsunami, y atentando simultáneamente contra el programa informático de la Central de Fukujima, una instalación General Electric, para que se detuvieran las bombas de refrigeración, les obligará a pensárselo dos veces antes de osar salir del ámbito de nuestra influencia financiera, ¿no es verdad? No comprar deuda norteamericana y británica cuando se lo ordenamos cuesta valiosísimas propiedades y millones de vidas como efectos de la tercera bomba atómica de la Historia —fue una bomba sucia esta vez— lanzada por EEUU sobre territorio japonés.

—Sinceramente, ¿qué futuro nos espera a los habitantes del planeta Tierra, señor Silbermann?

El futuro está decidido: las clases asalariadas, trabajadoras y humildes, lo producirán todo, aunque consumirán sólo de acuerdo con sus sueldos de esclavos. Las clases acomodadas disfrutarán de los artículos de lujo y acumularán dinero y acciones que financiarán a las multinacionales para su expansión absoluta, global e imparable. En el futuro, en vez de ser uno nacional francés, norteamericano, alemán o ruso, será un 30% de Coca-Cola, un 20% de Bank of America, un 20% de Boeing, un 20% de Kraft Foods y un 10% de Loewe, ¿no es verdad? Como lo somos nosotros, que nunca tuvimos otras patrias que ésas, aunque fingiéramos ser franceses, norteamericanos, alemanes o rusos.

—Pero el estado de Israel…

—¿El estado de Israel? ¿Pregunta que si desaparecerá el estado de Israel como el resto de los demás estados? Verá: Incluso el estado de Israel es sacrificable. Pronto, Jerusalén será un centro espiritual universal. Un gran parque temático y nada más, como Auschwitz, ¿no es verdad?. Nunca ha sido otra cosa, por más que crean lo contrario esos furibundos sionistas, masacradores de mujeres y niños palestinos, genocidas que se creen autorizados por Yahveh para destruir a todos sus enemigos; o esos barbados fundamentalistas ultra-ortodoxos con rizos en las sienes, sombreros negros y peste a cebolla y ajo características de la raza cuando, empecinada en sus lecturas a base de cabezadas atrás y adelante, no lava con la suficiente frecuencia la ropa. Son un hatajo de anormales todos. Los verdaderos dominadores del mundo somos nosotros, ¿no es verdad? Judíos, sí: inteligentes, implacables, educados, pulidos y blancos caucásicos. Y seremos los dominadores del mundo por siempre. Pues el Mesías ha nacido ya. Reside en Londres y ostenta un título de barón otorgado por la Reina de Inglaterra.

ÁCRATAS

(*) El nombre no aparece en los buscadores de Internet. Por eso ha sido escogido.

(**) Pésima traducción del inglés y el francés bizarre, significando pintoresco, extraño, raro.

(***) Se refiere a la Ley de Modernización de Futuros de Productos Básicos, de 2000, que bloquea legalmente cualquier regulación de los derivados.

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