Abarrotado lupanar

En España, la prostitución, profesión antigua como la injusticia, a medio camino entre el manido negocio de la puesta en valor del coño, la explotación de la belleza, el sex-appeal del cuerpo joven, y la esclavitud, la violencia sexual, es endémica —es decir, propia de una zona o de una época. Os lo digo yo, que he viajado más que las bragas de una azafata: en ningún sitio hay más putas que en España.

Hay tantas, tantas, que las cuentas no me salen. Hembras españolas en edad de follar por guita en efectivo, según el INE, que para eso está, hay unos cuatro millones. Pero, con la alimentación americanoide que siguen nuestras jóvenes, a base de hamburguesas, pizzas y bollicaos, y la poco feliz mezcla de razas que soporta España, mujeres que puedan vivir del sexo no hay más de un millón. Y, hasta ahora, muy pocas de ellas han necesitado vivir de la pesca con almeja, porque para darle pasta gratis ya estaba papá; o bien se han casado con un ejecutivo, alto funcionario o rico heredero, y entonces no les gusta que las llamen putas, sino mujeres realizadas, es decir, que pescan con almeja, vale, pero al big fish. Que mejor mal sentada que bien de pie y que más vale sardina en plato que sirena en retrato.

Para entender la cantidad de chochos afeitados que andan de alquiler por calles y descampados, hay que tomar en cuenta que, en España, hay cientos de mafias que importan chicas jóvenes. Sobre todo venezolanas, que son bellísimas y muy parecidas a las mujeres canarias, de manera que pasan desapercibidas a la Policía, y rinden más por liquidar menos sobornos; pero también se vienen importando muchísimas africanas y europeas del este. De modo que las partes menos iluminadas de España parecen el zoco de Gomorra.

¿Todo eso por qué? Pues os lo voy a decir, que más vale aprender de viejo que morir necio: porque a los españoles lo que más nos gusta del mundo son las cosas falsas como currículo de socialista: los cocodrilos fijados con pegamento —”¡Auténticos Lacoses, bwana!”—, las húmedas voces de falsete —¡”Sí, sí, qué gusto, machorro! ¡Dame tu leche! ¡Si no fuera porque tengo hambre, ni te cobraría!”—, o las urnas de plexiglás que fungen de ratificadores de la falsificación democrática española —¡y eso no es ya como “hacer el amor” con una puta, sino con una muñeca de plástico!—. Y como a los españoles nos gustan las imitaciones y los fraudes, España es también el paraíso del turismo adulterado, el del quiero y no puedo; y ése consume pasiones simuladas a espuertas: “İspanya gidelim. Bu çok ucuz bir fahişe biridir!!”(*)

Así que, otro año más, el Instituto Europeo para la Prevención y el Control del Crimen señala a España como el burdel de Europa. Somos los más desarrollados —ya era hora, mangas verdes— en algo sólido y duradero: en puterío y en proxenetismo. Pero un negocio tan floreciente no puede ser ajeno a este pedazo de crisis que nos estamos comiendo, que andamos ya más cagados que el palo de un gallinero. ¿Puede afectar una crisis financiera a la prostitución? Sí, naturalmente que puede afectar y afecta. De ahí las rebajas y los descuentos, el dúplex por el precio de un símplex, el todo incluido, el griego a precio de francés… Afecta mucho.

Todos lo sabemos: cuanto mejor funciona la economía del país, más acudimos los varones al mercado del sexo. Así que, con el desarrollismo ladrillero, como nadábamos todos en el crédito abundante y barato, pues eso, que follábamos a crédito: y el negocio fue pasando de los puti-clubs de carretera al hotelito legal donde se ficcionaba que hasta las putas eran clientes, cuando en realidad eran empleadas. Un lujo oriental. Pero desde que la crisis ha apretado, los españoles pasamos más fatigas para sobrevivir que ratas de ferretería, y en nuestra cotidianeidad entran las putas justas; y los que aún podemos dejar en nuestra economía algún rinconcito para la saludable coyunda extramarital, ayuntamos con profesionales de menos nivel: de la calle, por ejemplo, que es el feudo de las foráneas y de las oriundas toxicómanas.

La crisis ha cambiado hasta el paradigma del putero: si antes era el padre de familia sexualmente descontento en busca de consuelo —yo mismo, sin ir más lejos, que más vale mucho confesar que poco pecar—, ha ido pasando a ser el hombre joven, siempre más caliente que el palo de un churrero, harto de tirar el dinero tratando de ligar casaderas zorritas aborígenes a golpe de cubata en las discotecas: Ahora sabe que lo más práctico es alquilar el cuerpo de una puta por un rato, solazarse a tiro hecho, y ahorrarse una pasta gansa, que más vale placer que dura un momento que dolor que dura una vida… Y folla más.

La crisis del sector putañero se está agravando por el entrometimiento y la inepcia de la desocupada clase política: las cruzadas por el civismo de Barcelona y de otras grandes ciudades de España han cristalizado en ordenanzas para cazar a las prostitutas si se las encuentra en la calle, y en los cierres de muchos puti-clubs y de algunos hotelitos del amor. Ciertas ONG’s también atacan la prostitución, y señalan algunas de sus causas: Ignorancia, coacción o simple afán de supervivencia. Pero ocultan otros móviles porque no les conviene para su “misión” —que es, en realidad, hincharse a subvenciones— el que los chochitos sean otra cosa que víctimas, y se salven ellos solos: también son importantes, como móviles, la afición al dinero fácil y la alergia al demoledor trabajo manual, reponiendo anaqueles en Mercadona, pongamos por caso.

Hasta hace pocos meses, menos de un décimo de las prostitutas eran españolas, porque la remuneración no les compensaba. En efecto, aunque las maniquíes de físico inmejorable cobren 2.000 € por un servicio a jugadores de fútbol o directivos de blue-chips, lo normal es que un ayuntamiento callejero cueste 20 €; en hotelito o sauna, 50; y que, a domicilio, suba al doble. Precios de derribo, oígame —y aún les queda que pagar al chulo-delincuente o al chulo-policía, que sale mucho más oneroso que el IRPF. Porque, bueno es que lo sepáis, que la cultura no ocupa lugar, de toda Europa, España es el único país en que la prostitución no paga impuestos. ¡Es una verdadera lacra intolerable que haya profesionales en España a los que no chulee el Estado, como a las putas, junto a los especuladores, los terratenientes, los financieros, los intermediarios y los comisionistas, como el Rey, sin ir más allá!

Pero precisamente ahora, que los pobretes españoles empezamos a estar más tiesos que la momia de Lenin, muchas de nuestras hembras de buen ver se están bajando a la calle para darle un empujoncito a la economía familiar, por lo que el puterío no hace más que aumentar. “Más cornadas da el hambre”, piensan sus maridos. Porque las cosas no son ahora como hace un año. Estamos en recesión con deflación… Y ya sabéis que, según “las leyes que los españoles nos hemos dado a nosotros mismos”, los bancos son los dueños de nuestras almas, no digamos ya de nuestros cuerpos. Y de nuestros pisitos. La consigna es que hay que pagar la hipoteca como sea.

Así que las españolas se prostituyen como las que más. Oye, y sin problemas, que no se les caen los anillos por ello, que se comen las pollas dobladas. Aunque bien que protestan por la intromisión en su nuevo empleo de las ilegales llegadas en patera, en avión o en patinete. ¡Como si ellas no lo fueran, ilegales! Pero saben que pueden confiar en Bibiana para que las apoye en sus reivindicaciones. Que las protegerá por compañerismo, porque dicen las malas lenguas que se sabe de buena tinta que la andaluza —demostrando, como otras veces, que más vale la práctica que la Gramática, de la que esta miembra tiene poca idea— se ha comido más salchichas que el coro completo de “Las Walkirias”, de marcha por Frankfurt. ¿O eran altramuces? ¡Y yo qué sé, las dos cosas quizás!

El sector deberá reconvertirse, como tantos otros, con la prejubilación de muchas de las trabajadoras del sexo desplazadas por la creciente competencia de las más jóvenes. Y como Zapatero no puede emplear ya más putas viejas en la Administración, que cualquier Consejo de Ministros parece una escena monipodial de barrio chino, habremos de hacernos cargo de ellas los españoles desde la Seguridad Social, aunque ande más exprimida que un arenque. Bien que se lo merecen, tras haberse comido tantos kilómetros de polla por delante y por detrás.

Pronto no habrá lugar en Putilandia más que para las colipoterras más jóvenes y bien dotadas. Ya hoy en día, las casas de lenocinio se llenan de pupilas que aparentan ser menores de edad. Puede que algunas de ellas lo sean, no me extrañaría ni un pelo. Chocantemente, tanta prejubilación anticipada, tanto derroche de capacidades, es algo que tiene en común el puterio con el resto de los sectores productivos españoles, en los que la experiencia hace tiempo que dejó de ser un grado. Por eso no preocupa al Presidente del Gobierno, que aparece en los medios tranquilo como un recién operado. Al parecer, mandar la maestría del veterano al limbo es un lujo que España puede todavía permitirse.

MALDITO HIJO DE PERRA

(*) “¡Vamos a España, que es un país que está lleno de putas, y son una ganga!”

El IEPC estima en 300.000 las prostitutas que ejercen en España, un número similar al de Alemania, sólo que la población masculina es menos de la mitad. La Asociación Nacional de Empresarios de Clubes de Alterne (Anela) eleva sus estimaciones a casi medio millón de putas.

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