TRABAJAR COMO CHINOS

La Unión Europea ha aprobado hace un rato la ampliación de la semana laboral por encima de las 48 horas, que era el máximo legal, según el derecho social consagrado por la Organización Internacional del Trabajo (OIT) desde hacía 91 años. Los ministros de Trabajo de los Veintisiete — haciendo honor al nombre de su cargo, quieren que trabajemos más— han sancionado la proposición de la presidencia eslovena que permitirá a cada Estado miembro adaptar su legislación particular para elevar la semana laboral vigente desde las 48 hasta las 60 horas, en general, y a 65 horas para algunos especiales colectivos, como el de los médicos.

La primera regulación del trabajo asalariado, que se hizo el referente de duración de la jornada de trabajo, se reguló mediante Convenio Internacional en la Conferencia General de la OIT de Washington por el Gobierno USA en 1919. Se estableció entonces el límite ocho horas diarias de trabajo en las industrias, con un máximo de cuarenta y ocho semanales. En la actualidad, en España, la jornada de trabajo está regulada por el Art 34 del Estatuto de los Trabajadores —y por lo que dispongan los Convenios Colectivos que les afecten—, estableciendo que la duración máxima de la jornada ordinaria de trabajo será de cuarenta horas semanales de trabajo efectivo de promedio en cómputo anual.

La medida adoptada por la Europa de los Veintisiete es un significativo paso atrás en los derechos de los trabajadores por cuenta ajena que marcará un antes y un después en el concepto de bienestar en la civilización occidental. Entre las justificaciones de los Ministros de Trabajo ha estado la de la competitividad con China, país que, con 1200 millones de personas, ha establecido la costumbre de trabajar jornadas de doce a catorce horas diarias sin levantar cabeza. Pero no se debe olvidar que China es un país comunista en proceso de occidentalización a marchas forzadas, muy motivado desde la Revolución de 1949: China lleva, pues, casi 60 años de comunismo revolucionario y despierta de su letargo utópico para incorporarse al consumismo capitalista, y que todo el pueblo chino participa en ese esfuerzo, que supone que será temporal, hasta la recuperación del país. Pretender que el resto de los estados, y especialmente los occidentales, se adapten a las costumbres laborales impuestas por el poder chino del partido, el ejército y el estado de Hu Jintao —pretender que los europeos trabajen como chinos— es una aberración del capitalismo imperante, oportunista de la coyuntura, del endeudamiento familiar, de la crisis económica y de la amenaza del paro.

España se ha «opuesto a la medida», dicen, (la realidad es que se abstuvo en la votación; todo muy ambiguo, muy zapateril… ¿para cuándo el linchamiento civil y moral de esta clase social parasitaria que constituyen los políticos?) por más que, en los ámbitos laborales de máxima eventualidad, con el consentimiento de los anteriores gobiernos del PP y el PSOE, la jornada laboral de 48 horas hace años que ya no se respeta. Para acabar trabajando como chinos, vale la pena exigir la contrapartida de pertenecer a un Estado Paternalista Comunista, en vez de un Estado Sálvese-Quien-Pueda, como es el de la Monarquía Partitocrática Española. ¿No le parece a cualquier lector con sentido común? ¡Que si hemos de ser chinos, seamos chinos comunistas! Pero eso significaría que EEUU podría verse obligado a masacrarnos por terroristas, claro…

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