DISIDENTES

El lanzamiento del nuevo diario del MCRC es un acontecimiento que establecerá un antes y un después en la difusión de las ideas políticas que sostiene la III República Constitucional. Momento apropiado para la reflexión e idóneo para contemplar lo realizado, sus aciertos y sus errores. Y el principal problema del MCRC ha sido, hasta ahora, aparte la falta de penetración social atribuible a su novedad y a su infortunio mediático, la frecuente secesión en su seno.

No cito nombres, no es necesario. Quizás se haya tratado de unos pocos que se han repetido en personajes distintos, disidiendo con reiteración y alevosía. Da igual. Lo trascendente es que los contertulios del MCRC hemos tendido a ver en la disidencia mala fe y personalismos mal conducidos. Sin duda, ha sido cierto: la vanidad, más que la divergencia de ideas, es lo que incita a la defección, con más frecuencia. Pero también es verdad que el liderazgo perjudica la incorporación al MCRC de personas que se consideran a sí mismas suficientemente formadas como para aguantar regaños, por justos que sean. Muchos disidentes no han hecho más que recordar, a su manera, la frase de Voltaire: “Es cosa muy extraña que se junten la razón y el entusiasmo”.

Por otra parte, la diferencia de ideas es la base de la democracia. Los seres humanos con opinión —esperemos que no se trate de un conjunto vacío— no son fácilmente asimilables a ninguna tropa. Esto, que es una bendición, tiene sus inconvenientes: porque el error sin malicia puede ser corregido, cuando el equivocado consigue renunciar a sus conflictos psicológicos, que son los mismos que los del enfrentamiento de un joven ante su padre; pero el error del suspicaz requiere para su corrección una actitud personal que no está al alcance de ególatras ni de cínicos. Éste es otro de los sentidos de la frase: “Del error se puede salir; de la confusión, jamás”.

Además, el campo de la Política ha sido sobrentendido por el MCRC como aprensible por el común. Eso es tan verdad como decir lo mismo del campo de la Física; es decir: nada cierto. El ciudadano medio sabe que hay ciencias, como la Matemática, que son confiables —aunque no las conozca—, porque son universales y no están sujetas a los intereses del poder (y ello es así, piensa, porque no tienen resultados prácticos que trocar por dinero). También sabe que hay otras ciencias igualmente irrefutables, como la Biología, cuyos efectos positivos pasan por el tamiz de lo económicamente conveniente. El mismo ciudadano medio —es inculto, pero no estúpido— sabe, en fin, que también existen facultades de Ciencias Políticas que imparten su “ciencia” al mismo nivel de la Alquimia medieval: donde todos los aprendices confían en que la transmutación funcione porque presumen la sabiduría del maestro, pero nadie le ha visto nunca convertir en oro el plomo.

El tiempo es otro factor importantísimo. Por una lado, la confiable Matemática es milenaria; la Biología, secular; la Política, como tal ciencia, aún no existe. Por otro, el descreimiento ciudadano español en la Política se ha consolidado en el tiempo: en cuarenta años de dictadura Nacional-Sindicalista y en treinta más de Monarquía Garbancera Federal. El resultado es que el Movimiento Ciudadano hacia la III República Constitucional tiene ante sí un muro de acero corten de un grueso tal que hace inútiles las armas convencionales. Pero ni el más duro acero es infranqueable: existe el Thermite, que lo disuelve como a la mantequilla.

De modo que el MCRC, destilada completamente toda su Teoría Política, tiene que pasar, en este preciso momento en que se empeña en conquistar la opinión pública, por dos pruebas decisivas: debe aparecer ante la sociedad como un movimiento científico universal, como si la Teoría Pura de la Democracia fuera una Ciencia quasi-Matemática (como ésta, a nadie favorece); y debe renunciar a los personalismos y los liderazgos magistrales, viniendo a ser una donación desinteresada a la sociedad política. Lo primero es dificilísimo, y se conseguirá con perseverancia y rigor. Pero lo segundo va a ser un acontecimiento inmediato, sorprendente y digno de crónicas.

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